
Noche rosada, ni fría, ni cálida. Entró por mí ventana tan frágil como el vuelo de la vulnerable mariposa, como un rocío nocturno entre los pétalos de la tarde, y distinguiendose de las fugases estrellas que acarician las visperas del hastío, tenues, pálidos rayoz de luz, luz de luna que atravez de la ventana vienen a romper con la penumbra que invade con locura cada esquina de mi habitación. Lentamente caen sobre el magestuoso cuerpo, sobre la hermosa figura. Al entrar por la puerta se apoderó de mi, me sedujo con lujuria y acepté sin pensarlo. De entre la oscuridad sobresalía, su voz me condujo a donde estaba. Me ha dicho "Tu has de ser quien ponga sus manos sobre mi cuerpo, tu serás el causante de mi canto y mi llanto. Tocame, tocame y no te detengas que al compás del plenilunio nuestras mentes serán una, nuestra piel será una, nuestra sangre será una".
Me he inclinado a su petición y la hice mía. Suaves vientos, lenta agonía. Nada puede intervenir entre ella y yo. Pasamos la noche juntos, a solas; con las nubes observandonos, envidiandonos, tratando de cubrir la luna. Caricias, caricias, caricias...no puedo sacar de mi mente las caricias que le dí. Extasís; oh, éxtasis...
Y entre esta oscuridad, entre este mar de deseos corrompidos, yo, ella y la soledad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario