
La frecuencia continua su paso, agudo y certero, como la flecha del dios mozuelo. Es un centro tan profundo como la soledad de los años pasados y un triunfo desolado por la maldad de tantas hojas vacías.
El hombre ahi descanza, se quita la cabeza y la arroja al vacío incontrolado de la necesidad de algo, de alguien...de aquel, de aquella que ha estado ignorando la necesidad que lo turba, que lo deja tirado, pisoteado.
Parece absurdo, parece cansado; y lo es...es un extremadamente desaciante poder de destruír con la mirada, de procrear amaneceres en blanco y cenizas de rostros tristes que no tienen idea del por qué de la vida, es absurdo, lo es, dulce tentación, abrazos, caricias y mentiras recurrentes de frecuencias alteradas. Mis brazos estan hartos de no tener su cuerpo y mi mente queda helada de inexistencia y macabra imposibilidad.
El hombre, luchando por conseguir una pizca de felicidad, corre, salta, escala, vuela, continua, cae se levanta y muere sin lograr absolutamente nada. Olvida todo lo que tiene y disfruta, por aquello que anhela, pero nunca lo consigue. Nunca, nunca, nunca.
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