
Escalando las paredes de mi mente con sus blancas manos muertas de seda, van un par de recuerdos, agobiados de amoríos y de profundo hastío; van arrastrando las frustraciones más latentes, arrastrando los restos de algún corazón destrozado y mitigando esperanzas con dolores.
Allá en la lejanía, en medio de un impuro desierto de agonías, una sonrisa, casi imperceptible se asoma de entre las dunas, trata de gritar pero una parvada de emociones le rompe la voz,
Una angustia del desierto, escuchó el ahogado grito de la sonrisa quebrada, y comenzó a buscar entre la arena, descubrió tormentas y recuerdos...pero la angustia no encontraba a la sonrisa.
Un enjambre de margaritas broto de los labios de la sonrisa, sus dientes se estaban haciendo polvo, las flores cayeron en manos de la angustia como una señal de advertencia y al fin se encontraron. La angustia desenterró a la sonrisa de la arena, la sacudió y la puso sobre su cara; pero eso no le bastó para ser feliz. Las margaritas ya se habían marchitado. Entonces aterrizó la locura frente a la angustia y fue un golpe tan fuerte que la sonrisa se desmoronó; entonces, la locura enloqueció y la angustia se derritió en frustración engreída. El desierto se abrió en dos caminos funestos.
Un par de manos siguieron cada una un camino, tomando del desierto y sus tormentas, puñados y puñados de tragedias, miradas grises, pálidos amaneceres, nublados deseos y seguramente un poco de angustia y una dosis de locura. Y entre mentiras ciegas y falsos espejismos, ambos caminos se van uniendo...y la lejanía se va acercando.
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