
Yo no hacía más que tropezar, miraba y miraba para no caer.
No sabía con qué comenzar, pensaba solo en el anochecer,
en la pálida Luna que me abrigaba en este cielo taciturno,
en algún lejano placer que me consumiría en este frenesí nocturno:
Era la velada estelar, donde millones de sueños aterrizaban frente a mi ojo izquierdo, por que el derecho enseguecidode navegar, no lograba ver más allá de mi nariz de palo; y esa exquisita ráfaga de suspiros no podía ser bien vista.
Sólo era cuestión de caminar un poco más hacia el frente para verla partir...fué en octubre bajo la Luna donde su silueta mentirosa no hacía más que difuminarse con la noche, tan fría que terminó embriagandome por completo. Mi cuerpo se caía a pedazos, yo no hice más que sostener fuerte mis brazos contra su cuerpo, débil, paralizado, envuelto de promesas.
Eramos la noche y yo y una ilusión, a la que he acudido otra vez como un loco

