
Tengo que hacer una confesión: Estoy ebrio, esta noche me he embriagado, me he embriagado con los más pestilentes licores y con otros de los más dulces vinos.
Ya bien entrada la noche y despues de un cigarrillo le dí el primer trago a la botella de exquisita melancolía, cerca de la madrugada ya comenzaba a apestar a tristeza, y entre tantas cosas decidí hundirme en el licor.
Comensé a embriagarme de dolor y de nostalgia, pronto le dí tres tragos a la soledad -que es de esos licores fuertes- pero en un rato, ya ebrio de desesperanza decidí embriagarme de poesía. De los vinos más dulces siempre es y será la poesía.
Y estoy ebrio y apesto a melancolía pero voy a seguir tomando. Esta noche voy a beber llanto, porque dicen que tomando se olvida, se olvidan las penas y se olvida la vida.
Entre otras cosas estoy borracho, no sólo desoledad y no sólo de poesía. Me embriagué con el licor más pestilente, más ruin. Me embriagué de amor, me hundí y me perdí en un mar de dolor y de embriaguez.
La resaca no parece muy prometedora.
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